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Bienvenido al Santuario Lunar

Este es el Santuario de Artemisa diosa de la Luna y de la caza.

Encontrarás que es un lugar con apariencia tranquila, pero no te fíes.

Si has decidido protegerla, pasa a su Santuario. Pero si eres un enemigo, será mejor que te prepares para visitar a Hades.

Por que para los ángeles de Artemisa:

La vida de su diosa es lo más importante

 *Pertenece a:Nekane_raigoken *

nekane_raigoken@hotmail.com

 **Tecnicas**

Puede controlar la luna a vuluntad

y

Puede usar su Arco y Flecha

 

Hija de Zeus y de la ninfa Leto. Hermana mayor de Apolo. Diosa de la caza. Preferia vivir en el bosque antes que en el Olimpo. Era la más independiente y menos sociable de las diosas. La ciudad de Éfeso le consagró un culto especial. En otras regiones montañosas se la identificaba con la luna.

  Cuando se la lleva a ser divinidad del satélite, se está desplazando a su "propietaria" Febe o Selene, una titánida de la primera ola de la mitología primigenia, hermana de Helios, la divinidad del Sol. Por cierto, que al desplazar a Artemis a la posición lunar, su gemelo Apolo también se desplaza hasta ocupar el puesto de Helios, lo que resulta plenamente equilibrado para el conjunto fraternal de cara a la pareja importancia que han de ocupar los dos hermanos en el cuadro mitológico. Pero no se detiene ahí el movimiento y Artemisa sigue avanzando, hasta que también se encaja en el hueco de Hécate, en el sitio que antes pertenecía a esta divinidad de la sombra de la luna. Con las tres personalidades, su identidad se complica y ya está ante sus fieles una diosa con tres rostros: el de Artemis sobre la faz del planeta; de Selene en el firmamento, y de Hécate en las sombras eternas de los infiernos. Así, por translación, se obtiene una deidad que ocupa los mismos tres espacios que -en su día, y tras vencer a Cronos- ocuparon Zeus, Poseidón y Hades, como una segunda edición del imperio de la época paterna, en el que se hubiera eliminado el triunvirato a favor de una concentración total del poder. La diosa termina por ser una poderosa criatura que tan fácilmente puede provocar la enfermedad y la muerte, como puede curar a toda una nación con su voluntad. Se va haciendo cada vez más poderosa, pero no es Artemis quien (naturalmente) exige ese poder total, sino que son sus fieles quienes, con el paso del tiempo, van reivindicando para ella, para su divinidad favorita, el monopolio del poder, la unión de todos los posibles atributos olímpicos en sus manos, como prueba de su popularidad, del afecto de sus seguidores y del encanto que despertaba la deidad cazadora, la decidida mujer que vive en la naturaleza, entre las fieras y a merced de los elementos, aquí abajo, en el mismo mundo que los humanos, dando prueba de ser, a pesar de todo, de la misma madera que nosotros, los hijos de la tierra, preocupada por los retoños de las bestias y entusiasmada con la idea de dar caza a cualquier animal de buen porte que se ponga a tiro.

A fin de cuentas, la personalidad clara y concreta de la doncella celosa de su virginidad y defensora a ultranza de la de sus protegidas se va enturbiando, y llega a un punto en el que Artemis/Diana se ve tremendamente complicada, como una manipuladora de los poderes ocultos de la muerte y las tinieblas. Es la representación viva de toda la maldad posible en el cielo, aunque entonces lo firmase Hécate; de la luz que nos arropa en la noche y sirve de guía para caminantes y enamorados, ya como Selene; y la inquieta defensora de animales para provecho de cazadores, de protectora de los bosques para disfrute de los mortales. 

Como pasa con casi todos los dioses de la antigüedad, su papel nunca queda perfectamente definido a uno u otro lado de la raya entre bondad y maldad y Artemis fluctúa, a la manera que los seres humanos saben que ellos lo hacen, entre muchos matices, sin quedar enteramente en el blanco puro ni en el desesperado pozo sin salida del negro absoluto, al modo de las hagiografías o de las condenas totales de las religiones del libro, del trío judeocristianolámico. Pero también es necesario decir que esa trinidad, tan querida después por los cristianos, no es exclusiva de Artemis, sino que otra de sus grandes compañeras olímpicas, Atenea, también era niña que jugaba a la guerra con Palas, doncella vestida de pieles de cabra, al estilo de los libios, y armada como guerrero para las ocasiones en las que la batalla era inevitable y mujer madura y sabia, en compañía del cuervo y del búho. Tres eran las estaciones del año para los griegos; invierno, primavera y verano; tres las esferas del Universo: celestial, terrena y subterránea; tres las fases de la luna: nueva, creciente y vieja. El número tres tenía un significado mágico, divino y no es de extrañar, pues, que una deidad de la categoría de Artemis fuera ascendiendo por la escala del reconocimiento, hasta llegar a poseer ella, también, las tres caras que la daban la categoría de máxima representación divina.

                                                                                                                                                                                                                                  

                                                                                                                                                                                             

 

 

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